La escuela ante el desafío de la cultura mediática

En esta entrevista, Roxana Morduchowicz habla de su libro El capital cultural de los jóvenes (FCE) en el que analiza las dificultades de la institución escolar para dar cabida a los aportes de la experiencia juvenil contemporánea.

Si algo denuncia Roxana Morduchowicz en su libro El capital cultural de los jóvenes (Fondo de Cultura Económica) es la grieta que mantiene separadas las dos usinas de producción simbólica que más influencia tienen en la vida de chicos y jóvenes: la escuela y la cultura popular. Y el blanco al que Morduchowicz apunta especialmente es la parsimonia de la institución escolar a la hora de darle cabida en las aulas al heterogéneo universo cultural proveniente de los medios de comunicación, que reina en el corazón de las nuevas generaciones y es uno de los pilares en la construcción de su identidad.

Doctora en Comunicación y directora del Programa "Escuela y Medios" del Ministerio de Educación, Morduchowicz cree que en el rechazo de la escuela por la cultura mediática, se esconden prejuicios de larga data, por ejemplo, el que le otorga legitimidad sin discusión a los contenidos de la cultura impresa y subestima los de la cultura audiovisual. En esa desconfianza de la escuela por uno de los lenguajes privilegiados de la experiencia joven contemporánea, dice, se cifran también algunas de las razones del fracaso escolar. En diálogo con LA NACION, esta docente e investigadora, que acaba de presentar su obra en la Feria del Libro, habló también de la dificultad que tienen los medios para dejar que los jóvenes hablen por sí mismos de sus experiencia, sin ser juzgados con miradas estereotipantes y prejuiciosas.

-El libro sostiene que el desencuentro entre cultura escolar y cultura popular es uno de los factores que inciden en el fracaso escolar.

-Muchas veces la escuela no les da entrada a los saberes previos de sus alumnos. La maestra propone un tema, un chico levanta la mano y dice: "Seño, yo ayer vi en televisión un programa sobre ese tema...", pero la maestra lo interrumpe: "Sí, eso está bien para otro momento, pero ahora... ¿quién quiere leer?" Esta subestimación del aporte de un chico porque la fuente es la televisión genera fracturas, porque quizá ése es el único lugar desde el cual ese alumno puede participar en la clase. No permitir ese espacio de expresión es dar lugar a otra manera de exclusión ya que hay muchos chicos que llegan a la escuela primaria con un saber que proviene casi exclusivamente de los medios.

-¿A qué atribuye el desencuentro?

-La escuela mantiene una relación difícil con la cultura popular, los medios de comunicación y las industrias culturales. Históricamente ha sido una relación de desconfianza más que de aceptación y de trabajo compartido. Frases como "La televisión destruye por la noche lo que nosotros construimos de día" son todavía muy frecuentes, aunque de a poco los docentes van tomando conciencia de que vivimos en una sociedad multicultural, y no sólo porque en nuestro país conviven distintas culturas, etnias y tradiciones sino porque hay distintos lenguajes: los de la cultura oral, la escrita, la audiovisual y la hipertextual, los de las nuevas tecnologías. La escuela tiene que enseñar a los chicos a comprender, explorar y manejar esos lenguajes.

-Su libro se hace cargo de los riesgos de la demagogia, que seguramente debe de preocupar a muchos padres y maestros.

-Por eso retomo las críticas de algunos académicos que suelen alertar sobre la demagogia de "trabajemos el rock porque los chicos van a estar más motivados". Detenerse a analizar las letras del rock no quiere decir dejar de leer a Cervantes, a Girondo, a Cortázar. Los medios y la escuela tienen lógicas diferentes pero no son incompatibles, se trata de tomar de ellos su potencial emotivo para desarrollar líneas de aprendizaje y reflexión. Ahí es donde la escuela se despega de la lógica de los medios: no pasa de la foto del chico desnutrido a las imágenes de un atentado y de allí al desfile de moda o al último campeonato de fútbol. No hace zapping, detiene la imagen, por eso sigue siendo la única institución en que la información caótica de los medios se transforma en conocimiento, la única que le permite al chico pasar de los datos dispersos a formas complejas del saber y la cultura. Lo mejor sería lograr que los chicos, en la expectativa del placer, valoren el esfuerzo.

-¿La subestimación de la cultura audiovisual en favor de la alta cultura no revela, además de una tensión de jerarquías culturales, una tensión generacional, una crisis de autoridad?

-Especialistas de todo el mundo plantean que con el arribo de los medios de comunicación, la cultura popular y las nuevas tecnologías se produjo un doble fenómeno: por un lado, el saber ya no está sólo en el libro, los chicos pueden acceder a mucha información fuera de ese formato; y por otro, la destemporalización, no hay edades para aprender o un horario fijo, sino que ahora el aprendizaje se produce a toda hora y todo el tiempo gracias a la presencia casi permanente de los medios en la vida cotidiana. Entonces sí, claro, la escuela ya no tiene el monopolio del saber y muchos maestros (no todos, por supuesto, ya hay muchos muy comprometidos con el desarrollo de estos temas) se refugian en el libro porque lo tienen más claro y se sienten allí menos interpelados por un universo de significaciones que no siempre pueden decodificar.

-Esta dificultad para respetar los códigos de las nuevas generaciones parece repetir lo que muchas veces ocurre en la sociedad entre adultos y jóvenes.

-Los jóvenes que tienen 18 años pertenecen a la primera generación que nació y se desarrolló en un mundo mediático absolutamente diversificado. Son los chicos que no conocieron la televisión en blanco y negro y siempre tuvieron -los de clases medias y altas, ciertamente- videocasetera y control remoto, el origen de la cultura del zapping y la fragmentación. Esto hace que la diferencia generacional no se refleje solamente en la edad sino en la cultura y no sólo por la existencia en sí de los medios sino por el lugar que ocupan en la vida cotidiana. Los padres de estos chicos tenían el televisor en el living, donde era compartido por toda la familia. Los chicos hoy viven lo que se ha dado en llamar "la privatización de los medios", hacen un uso solitario, individual, exento de toda presencia adulta. Son otros ahora los conflictos que aparecen en el hogar.

-En el hogar y en la escuela.

-Sí, claro, por eso es necesario que los maestros puedan comunicar a los padres por qué es importante que la escuela se haga cargo del protagonismo de la cultura audiovisual en la vida de los chicos a través de programas que enseñan a decodificar lenguajes pero también a producirlos. Con el programa "Escuela y medios" se ha logrado que muchos chicos no sólo vieran películas sino que también se atrevieran a hacerlas; también libros o programas radiales. La escuela es una oportunidad inigualable para que los chicos se permitan pensarse como productores culturales, capaces no sólo de leer, sino también de producir textos, de producir cultura. En la escuela pública, donde muchos de los alumnos llegan con un capital cultural muy restringido, esto tiene una importancia enorme. Sin embargo, aún son muchos los padres -y también los docentes- que dicen: "Bastante televisión ven en sus casas, acá tienen que leer".

-Usted hace una lectura muy crítica sobre el modo en que los medios retratan y juzgan a la juventud.

-El problema es que la visión que se da de los jóvenes es a menudo negativa: se habla mucho de violencia, de droga, de fracaso escolar, de delincuencia, de piercing, de embarazo adolescente. No es que esté mal que se traten estos temas, pero es fundamental que la excepción no se presente como regla. De todo modos, creo que lo preocupante es que los medios hablan de los jóvenes mucho más de lo que los escuchan. Un estudio europeo se dedicó a analizar la diferencia entre cómo son tratados en un noticiero los jóvenes y los adultos. Observaron que el adulto siempre aparece solo, en un lugar claro, definido e identificado, con sus datos personales y sus propias palabras. Los jóvenes, en cambio, aun cuando se trate de notas que investigan sobre algún aspecto de la vida juvenil, aparecen para ilustrar, como telón de fondo y nunca como opinión calificada; no están individualizados sino que se los presenta en grupo, lo que refuerza el sentido de "banda" que todavía funciona como estigma respecto de los jóvenes. Que los medios difundan una imagen negativa de la juventud es peligroso porque en muchos casos, la imagen de los jóvenes consolidada ante la opinión pública no nace del contacto directo y cercano con ellos sino de la imagen que de ellos transmiten los medios. Más aún, los docentes también modelan su opinión muchas veces con lo que los medios dicen de los jóvenes lo que genera prejuicios y distorsiones que dificultan el encuentro en la escuela.

Por Carolina Arenes
De la Redacción de LA NACION